Paco Ayala

Lo que se ve y se hace durante el camino

Morir de sobredosis tecnológica.

Mi ordenador va lento. Esta hecho polvo. Es antiguo. Se me cuelga cada dos por tres. Y algunas afirmaciones más son habituales cuando algo que creemos que debe de pasar en nuestra maquina, no pasa, o pasa con lago más de lentitud que lo que nuestra impaciencia permite.Y eso que la mayoría desconocemos las cosas que este cacharro puede hacer, por antiguo que sea.

Mi primer Pc fue un 8086. Aunque las similitudes con un Pc de hoy son pocas, tanto aquel como uno nuevo sirven para más o menos lo mismo. Con aquella máquina venia una caja cuadrada, pesada, con un libro muy gordo y una pila de disketes de 3,5 (otro soporte de almacenamiento tecnológico fagocitado por la propia tecnología). Por fuera, con colorines, aparecían una misteriosas letras: “Symphony, 1,2,3,”.Ibm_px_xt_color.jpg

Entrando ya en el asunto de la caja cuadrada y pesada, esto era un paquete integrado de ofimática, generado en torno a una hoja de cálculo, “Lotus, 123”. Porque antes que herramienta de correo corporativo, Lotus era la hoja de calculo dominante y líder. Mucho más que “Exel”.

La susodicha hoja permitía hace de todo. Muchas noches de aprendizaje consiguieron que las “macros” no tuvieran secretos para mi. Podía escribir cualquier rutina que fuera necesaria. Incluso me atrevía con las tablas de doble y triple hipótesis, discriminando resultados y enviándolos a otras celdas para que a partir de estas última, me estableciera cálculos y me creara gráficos. Una pasada.

La progresión de los Pc (8086, 80286, 80386, 80486, Pentiun). Me llevó a ir cambiando de maquina cada año y medio, más o menos. Hasta la llegada del 80386, mis conocimientos sobre mi paquete integrado de ofimática me resultaron útiles. Podía escribir cada informe de manera que no importaba cual fuera el contenido. Sacaba unos formatos y unos gráficos que alucinaban a cualquier destinatario del mismo.

Y entonces, apareció el 80486. Y con él, Microsoft Office ya pre instalado. Y casi caigo en una depresión.

Mis “macros”, seguían sirviendo. Pero lo que yo hacía con celdas complementarias y un rato de escritura de sentencias y comandos, ahora con dos o tres pulsaciones en botones, salia igual.

Tras unos mese de 80486, me deshice del Pc y de toda la parafernalia que lo rodeaba, impresora, escáner, módem, capturadora de sonido, capturadora de vídeo y no se cuantos cachivaches más. Y me pasé al lápiz, a la goma de borra y al papel. Y cono instrumento de tecnología avanzada, el sacapuntas.

Durante muchos meses, mi trato con la tecnología se redujo a lo necesario que me encontraba en la oficina en la que trabajaba: un terminal enganchado a un servidor S/36. En ese tiempo coincidió que se “actualizó” al AS/400.

Pero yo solo me acercaba esto por necesidad laboral. Me había desenganchado de la tecnología. Y vivía feliz y contento.

Y aparecieron los pc para relevar a las maquinas multipuestos en las oficinas. Y me pusieron delante otra vez un Pc.

Era como el 80486 del que me había desecho hacia ya tiempo. Por fuera, igual. Por dentro, algunas cosas “capadas”, pero más o menos lo mismo. Nos montaron un curso de formación externo para que aprendiéramos a usar el paquete de ofimática corporativo: Microsoft Office.

En el curso, nos enseñaron cuatro cosas de cada aplicación y poco más. Yo hice algunas preguntas sobre algunas cosas más, sobre todo, de Exel. La respuesta invariable para cada pregunta fué la misma. Eso no hace falta saber hacerlo. No lo vamos a utilizar nunca.

Con el tiempo, una vez que he vuelto a ser un drogadicto moderado de la tecnología, he comprendido la profundidad de lo que aquel formador respondía invariablemente a todas y cada una de  mis preguntas. Tenemos exceso de tecnología. No por que nos sobre, si no por que no la usamos.

Abres un procesador de textos, escribes, repasas un poco y ya esta. La mayor parte de los botones, extensiones y utilidades que nos ofrece, ni las usamos, ni conocemos su existencia.

Las organizaciones empresariales, son suma de todas sus individualidades. En cualquiera  de estas organizaciones, el que sabe para que sirven un par de botones más que el resto, es el “experto”. Pero si hay que saber sobre más botones de los que conoce el “experto interno”, se recurre a los “consultores externos”. Estos, no es que sepan de lo tuyo. Saben de más botones que tu. Pero de lo tuyo, lo que tu les cuentes y poco más.

Lo que ahora me pregunto es si esto que ocurre con la tecnología en las organizaciones empresariales, no nos estará pasando en todos los ámbitos sociales.

El Jazz

Hace unos años, en una entrega de premios de un mundo tan ininteligible como el jazz, cuando le dieron el correspondiente a uno de esos de nombre de jugador NBA, sabe dios en que misteriosa categoría, lo dejaron delante de un atril con un micro para que dijera algo. Lo sorprendente es que no le dieron ningún instrumento. Y no. Tampoco era cantante. ¿que pretendìan?.
Es como preguntarle un pintor para que “hable” de pintura. O que un arquitecto “baile” sobre arquitectura. Podrán hablar y bailar mejor o peor. Pero el ser excepcional en una disciplina no te presupone capacidad para ni tan siquiera balbucear en otra. Igual si, claro. Pero lo normal es que no.

A mi se me indigesta cuando a un actor  o músico o torero, le preguntan sobre cuestiones tangenciales o distantes a su disciplina, como reglamentación cultural, economía, o cualquier cuestión de política-socio-económica.  Seguro que tienen una opinión. Y no descarto que sea válida.  Pero tan valida como la que yo puedo tener desde mi más absoluto analfabestismo en una cuestiones como la matriz de Folkuner.
En el jazz, cuando estas con colegas tocando, la clave es seguir tocando cuando estas fuera de tono o compás hasta que te sientas de nuevo integrado. No parar.  Viene a ser igual que en la vida.

Mis amigos Nirali y Chandrika

Nirali y Chandrika  son un matrimonio indú que conocí hace algunos años en Jaipur.  Fué cuando viajaba por cuenta de una empresa. Nirali había estado viviendo algún tiempo en Londres, siendo el responsable de una multinacional para media Europa.  Un día decidió que nuestra forma de vida “occidental” no le daba felicidad y se volvió a su ciudad. Cuando lo conocí, había dejado a tras su época en Londres, ya había conocido a Chandrika , se había casado y vivían en casa de los padres de ella. Su familia no había encajado bien el hecho de que el sacrificio que habían realizado para que estudiara en Inglaterra, en una universidad de prestigio, terminara dando como resultado un guía turístico. Porque Nirali se gana la vida enseñando Jaipur a los turistas.

Tiene el carnet profesional que le permite hacerlo gracias a su formación europea. Pero no esta dentro de la organización que agrupa a los guías turísticos en la India, de manera que no tiene acceso a los grandes grupos de visitantes extranjeros.

Ofrece sus servicios en la calle, cuando divisa un pequeño grupo mirando a todas partes con caras de despistados.  Y sabe que tiene poco tiempo para ofrecer, convencer, enseñar y cobrar.

Años después, contactó por sorpresa con migo.  Por sorpresa para mí. Estaba trabajando en Marbella como entrenador personal de golf.  Habían pasado cinco o seis años desde que nos conociéramos en su tierra y tarde en reaccionar. Pero me alegré.

Quedamos para tomar café. Y en el transcurso del café, me contó que seguía casado con Chandrika; que vivían en un apartamento en Cancelada, pedanía de Estepona; que ella no había podido venir a despedirse de mi porque estaba recogiendo las cosas. Conociendo como son, las cosas perfectamente les caben en maleta y media.

Llevaban algo más de dos años en España, en Cancelada. Pero se mudaban a Santo Domingo.

Nosotros nos mudamos de casa, de calle, de barrio. Nos trasladamos de ciudad. Emigramos fuera. Pero ellos se mudan de Jaipur a Cancelada. Y de Cancelada a Santo Domingo. Tienen esa forma de entender la vida como un tránsito y valoran lo que creen importante.

Nos despedimos y durante unos cuantos años no he sabido nada de él.

Ayer me llamó. No se como tiene mi teléfono. Resulta que están otra vez en España. Esta vez, de paso.  ahora me dice que se mudan a Ekaterimburgo, ciudad que se encuentra  por los Montes Urales.  Conozco la existencia de esa ciudad por otra cuestión de ámbito familiar que no viene a cuento aquí.

Sobre la marcha me dice que los han contratado a los dos en el ” Teatro de Comedia Musical”, que según me dice, tiene mucho prestigio en esa parte del mundo.  Tienen para tres años de contrato. Luego se mudaran a otra parte.

Mientras tanto, nosotros entretenidos con conceptos como “emprendimiento”, “innovación” y otras palabras que seriegrafiamos en una camiseta y pretendemos que todo el mundo la lleve puesta. Además de ponernos la camiseta, estaría bien revisar el concepto de “mi casa” que todos tenemos. A mi no me apetece vivir en Ekaterimburgo. Pero sospecho que para mi amigo Nirali, “su casa” es el mundo.

Bajar a por el pan.

Como todas las mañanas, ésta he bajado por el pan. Más o menos a la misma hora de todos los días, ocho y media.  Y como todas las mañanas Liu, mi amigo el chino dueño de un bar situado unos cuantos portales antes de la panadería, me ha parado con su pregunta habitual: “¿café?”.

Como todas las mañanas, por que yo bajo todos los días por el pan, he entrado y antes de sentarme en uno de los taburetes situados en la barra, ya tenia un “sombra” delante de mi.  Para los desconocedores del “argot” cafetero malagueño, un sombra es poco café y más leche. No tan claro como una “nube”, que tiene menos café todavía, ni tan oscuro como un “mitad”, cuyas proporciones van implícitas en el nombre.

“Chao Li quiere hablar con tu”.  Chao Li, además de nombre de lugar de una serie  televisiva de mi niñez, “Kun Fu”, es el nombre de un compatriota de Liu, que se dedica a eso a lo que se dedican los chinos. “Tu”, por eso de explicar quien es quien, era yo, claro. Cuestiones de la semántica castellana china.

Como estos tienen memoria a corto plazo, antes de empezar con mi café, le pregunto por el paradero del tal Chao Li.

“En un rato, aquí”. Un rato, en medida china, es un intervalo que va de entre los cinco minutos y los quince. Más de quince minutes pasa a ser, “luego”. Y si la cosa es para más de una hora, es “después”.

Me apresuro a tomarme el café, pero como Liu lo pone extremadamente caliente, antes de acabármelo, ya estaba Chao Li en el bar, cruzando esos sonidos guturales con Liu, que a saber que podían significar. Yo, mientras no me miren, se que lo que sea no va con migo, al menos, directamente.

Poco después de terminar el café, y de anotarme toda una suerte de cuestiones que Chao Li me había consultado, he salido del bar, continuando mi camino en dirección a la panadería.

Una vibración en el bolsillo del pantalón, seguido de una musiquita, requiere mi atención. Tengo un sms. Ya casi no se usan. Ahora se “wasea”.  Pero el interesado en cuestión aun continua en el siglo XX.

El contenido en el sms ha hecho que me desviara un poco de mi camino y he terminado, como casi todos los días, bastante lejos de la panadería y, como también casi todos los días, a una hora más propia de volver a comer que de pensar en comprar el pan.  Todo sea por el trabajo. Por que como a estas alturas es fácil de adivinar, trabajo desde casa.

Después de comer me he cambiado mi identificación de “comercial” por la de “gestor” y como casi todos los días, a sumergirme en las múltiples cuestiones que ocurren cuando arrancas el portátil y abres un par de bandejas de correo, un par de redes sociales, un par de páginas de consulta y otro par de ellas para envío de datos.

Como casi todas las tardes, a ultima hora, que para mi, es un poco antes de que cierre el estanco, bajo por tabaco.  No es como bajar por el pan. Pero creo que voy a dejar de fumar.  No por decisión meditada ni interiorizada. Tengo que dejar de fumar por que con el tabaco me pasa algo parecido a con lo del pan.

Llevo meses sin comprar pan. Y en el estanco más próximo no me conocen.

Pero yo todos los días bajo a comprar el pan. Y todas las tardes noches, a por tabaco. Porque yo trabajo desde casa.

 

La perseverancia y la constancia.

Casi en todas las reuniones a las que asisto de un tiempo a esta parte, en ninguna se habla de la constancia. Se habla de  perseverancia.

Creo que es una forma de “suavizar” el concepto. Pero a fin de cuentas, viene a ser casi lo mismo. Aunque cuando ves como se aplica la palabra, resulta que perseverancia tiene una vía de escape que no tiene la constancia.

Cuando alguien expone alguna idea que parte de un hecho creativo, sobre todo cuando este hecho creativo se enmarca dentro de ese otro concepto llamado “emprendimiento”, esa palabra va seguida de otra: medir. Y medir para aprender. Y aprender para perseverar o “pivotar”.

Esta última palabra es el cuestión del meollo.  Si lo ves de esta manera, no existe el fracaso. Aprendes después de medir y sigues o cambias. Pivotas.

Cuando eres constante, la cuestión solo es seguir. Si no mides, no importa, siempre que sigas. Y no fracasas si continuas. Solo es posible fracasar si te paras.

Creo que este ha sido el mal endémico que algunas generaciones hemos sufrido. La constancia era el eje sobre el que había que moverse.

Y esto es resultado de un modelo muy arraigado e incluso alabado  que mantenemos todavía. Se nos hincha el pecho de orgullo y vanidad cuando se trata de coger una bandera y arremeter contra los molinos uno solo.

Afortunadamente, en esas reuniones que mantengo regularmente con gentes de múltiples disciplinas, con multitud de ideas y donde el nexo común parte de dos simples palabras, “busco”, “ofrezco”, apenas hay abanderados. Alguno siempre hay. Pero la generalidad es el aspecto colaborativo que lo impregna todo.

De forma natural, aparecen sinergias que desde una perspectiva tradicional se habrían generado tras largas y sesudas reuniones.

En concreto, hace seis meses más o menos, en una de estas reuniones colaborativas, alguien esbozo un objetivo imposible. Ni me atrevo a enunciarlo. Pero pese a lo imposible de lo planteado, de ese planteamiento surgieron varias acciones a realizar a corto plazo. Cada una de esas acciones, pasados estos seis meses, han ido tomando cuerpo y convirtiéndose en logros en los que han intervenido tres o cuatro personas. Cada logro es un objetivo en si mismo. Pero se han conseguido siendo constantes en la consecución del objetivo imposible. Y perseverando en las pequeñas acciones.

Este hecho a resultado especialmente enriquecedor para mi.

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